
El último verano
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Lo más tonto que se puede decir a un enfermo es que se le ve muy bien, que lo suyo es pura obsesión, que todo el mundo está un poco pachucho, etcétera.
Pero lo más triste llega cuando ya no te dicen nada, mejor dicho, cuando ya no saben qué decir.
Solamente los médicos encuentran las palabras apropiadas, es lo que les enseñan en la universidad, y sales de su consulta aliviado, aunque en cuanto llegas al ascensor caes en la cuenta de que son embustes en concepto de emolumentos y pones la cara de Bob Hope cuando descubre un esqueleto en el armario: lo cierra enseguida como si no lo hubiera visto pero dos minutos después grita horrorizado.
Pues bien, Z. se encuentra en la segunda fase, la triste. Llora con frecuencia, para su gran vergüenza y para incomodidad de los presentes, sobre todo del ángel irascible que vive con ella.
¿Por qué me ha tocado esta humillación?
Siempre he estado bien y muy orgullosa de mi salud: desde hace décadas no tengo fiebre, tampoco gripe, llevo bien los años. Claro, los años. Aparentaba diez menos y la enfermedad me ha dado una docena más de los que me corresponden.
- Жанр
- Современная русская и зарубежная проза
- Язык
- es
- Размер FB2
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