Berlín, capital de Europa
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FUI a uno de los cinemas de la Kurfürstendamm, y, al salir, me metí a comer un sandwich al primer café que encontré abierto. Segundos después, un muchacho desconocido, en las manos una bandeja con una hamburguesa y una Coca Cola, vino a sentarse a mi lado. Un compatriota. Llevaba ya tres años en Berlín y, con una franqueza que, al principio, me divirtió pero terminó por alarmarme, me contó su vida. Cuando le pregunté qué hacía, me repuso, sin la menor vacilación: — Hasta hace poco, robar carros. — Como atenuante, precisó-: Todos los patas de la banda eran sudamericanos, doctor.
Era un ilegal. Había venido a Alemania como turista, cuando los peruanos no requerían visa, y se quedó. Gracias a la fraternidad latinoamericana («Usted no se imagina la cantidad de peruanos, colombianos, nicaragüenses, ecuatorianos, bolivianos, que viven aquí. Nos llevamos como hermanos») encontró ese negocio automovilístico que le había permitido vivir y mandar mensualidades a su mujer, allá en Ayacucho. ¿Por qué lo había dejado si le iba tan bien? — Porque los patas decidieron pasar a cosas mayores y a mí me olió mal. Así que me abrí. Pero, tuve mucha suerte. Encontré trabajo en una pizzería, por Prenzlauer Berg. El dueño es un padre para nosotros, le juro. ¿Cuántos eran «ellos»? Seis, dos legales y cuatro ilegales, todos sudamericanos. El paternal propietario no sólo les daba empleo, pese a su falta de papeles; también, un techo bajo el cual dormir, en camas camarote, en el desván de su propio domicilio. Mi compatriota estaba encantado en Berlín, una ciudad, me aseguró al despedirnos, «que es una mina para quien no le hace ascos al chambeo (trabajo)».
- Жанр
- Культурология, Публицистика
- Язык
- es
- Размер FB2
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