Zona erógena
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La vi apenas hube abierto la puerta. Estaba estirada de través en mi sillón y, evidentemente, había encontrado mi última botella, pues la sujetaba entre las piernas.
La zarandeé para que abriera al menos un ojo, y no es que yo tuviera ni pizca de ganas de hablar con nadie, pero tenía que aclarar esa historia. Cecilia era la peor de todas, aunque una de las mejores. Poseía el don de atraer montones de rollos y a veces pensaba en ella, cuando no tenía nada mejor que hacer.
– ¡Eh! -le dije-. ¡Eh! ¿Qué diablos haces aquí?
No abrió los ojos, pero me apartó la mano.
– Vale ya, ¿no? Deja de zarandearme.
Atravesé la habitación a la carrera y encendí la luz. Estaba cansado; quizá fueran las dos de la madrugada y trataba de no ponerme nervioso.
– Oye, me gustaría saber una cosa. ¿Cómo te lo has montado para volver aquí?, ¿qué te pasa ahora?
Ella se enderezó, deslizó sus espléndidas piernas y yo pensé: Una de dos, o no conoce su fuerza o ha descubierto mi punto débil. En verano, las chicas se ponen cosas tan ligeras…, esos pedazos de tela en tonos pastel, tensos como arcos y perfumados.
- Жанр
- Современная русская и зарубежная проза
- Язык
- es
- Размер FB2
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- Добавлена