
Chicos prodigiosos
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Que piensen lo que quieran, pero no pretendía ahogarme. Pretendía nadar hasta que me hundiera, que no es lo mismo.
JOSEPH CONRAD
El autor manifiesta su gratitud
a Mary Evans y Douglas Stumpf,
Tigris y Éufrates de este pequeño imperio.
El primer escritor auténtico al que conocí personalmente fue un cuentista que firmó todas sus obras con el seudónimo de August Van Zorn. Vivía en la habitación del último piso de la torre del Hotel McClelland, propiedad de mi abuela, y enseñaba literatura inglesa en Coxley, una modesta universidad en la otra orilla del insignificante río Pensilvania que divide en dos nuestra ciudad. Su verdadero nombre era Albert Vetch, y creo que era especialista en Blake; recuerdo que en su habitación, sobre el descolorido papel de pared aterciopelado, destacaba una reproducción enmarcada de una de las imágenes de Jehová del genial visionario inglés colgada encima de un perchero de madera que había pertenecido a mi padre. La mujer del señor Vetch estaba internada en un sanatorio cerca de Erie desde la muerte de sus dos hijos adolescentes en una explosión ocurrida en su jardín trasero varios años atrás, y siempre tuve la impresión de que él escribía, en parte, a fin de ganar el dinero necesario para mantenerla allí. Escribió cientos de relatos de terror, muchos de los cuales aparecieron en revistas de la época como Weird Tales, Strange Stories, Black Tower y otras por el estilo. Eran cuentos macabros, a la manera de Lovecraft, [1] ambientados en pequeñas y tranquilas ciudades de Pensilvania que, para su desgracia, habían sido fundadas en parajes donde los indios iroqueses practicaron sus torturas rituales o en tiempos remotos dejaron su huella dioses alienígenas sedientos de sangre.
- Жанр
- Современная русская и зарубежная проза
- Язык
- es
- Размер FB2
- 827,9 КБ
- Добавлена